domingo, 29 de abril de 2018

Ya no te recuerdo...

Ya no te recuerdo, aunque hoy es uno de esos días en que sí. Me alegra ver cómo has cumplido todos tus sueños, cómo vives cada día como si fuera una nueva aventura sin detenerte mucho tiempo en un solo lugar. Me fascina ver cómo has convertido tus lágrimas en alas para poder volar, lejos, a dónde siempre has querido. Yo sigo aquí, haciendo lo mismo de siempre. Sigo despertándome temprano cada mañana. Sigo viviendo sola y he dejado de tener los mismos amigos.

Siempre me vi en un futuro contigo. Siendo parte de esos sueños que teníamos en común y que nos quedaban por cumplir. Te escuchaba en mi propia risa, acabábamos los proyectos, y disfrutábamos de los éxitos refugiándonos tras los fracasos. Pero ya no me acuerdo de ti. Ni de tu risa. Ni de cómo me mirabas. Los recuerdos se van alejando y solo me queda la certeza de que en algún  momento me hiciste feliz.

¿Y qué fue lo que pasó? Esa respuesta no la tengo, ni vaga por mi mente. No hay una sola memoria que fiche la desgracia de haberte perdido, aunque ahora tampoco desee volver. No quiero que vuelvas, solo asediarme a la nostalgia de vez en cuando, porque no lo neguemos... fuiste algo muy bonito en mi vida. Pero ni tú ni yo hicimos nada por salvarlo.

domingo, 4 de febrero de 2018

Allá donde estés


Acepté. Te dije que podría, pero no puedo. Secretamente, otra vez, me pediste que fuera la fuerte porque tú ya te habías rendido. Y acepté, dándome de bruces contra el muro una y mil veces, intentando abandonar el dolor que eso me suponía. Pero ya no puedo. Tengo que rendirme.





—¿De verdad piensas... rendirte?—pregunta Marl—¿Ni siquiera puedes seguir un poco más?

—Ya no.

—No puedes dejarle así.

—Ya es tarde, Marl. Mírale. La enfermedad sacude poco a poco su cuerpo y lo consume. Él mismo ya se ha rendido y yo... no puedo cargar con los dos.

Marl le mira de nuevo, cada vez más roto y más consumido. Cuando la Epidemia desoló el país por completo, cientos de hombres, mujeres y niños murieron en sus manos. Los científicos aún no eran capaces de dar con la solución. Un virus que destruye tu sistema en cuestión de pocos meses, rompiéndolo todo desde dentro. Primero colorea tu piel de amarillo, luego te sacuden las ampollas y más tarde te invade una tos que ya no te abandona jamás. Los músculos se atrofian, la respiración se ralentiza y al final el corazón se para. No sé en qué fase está Dred, ni cuánto le queda, pero ya está muy muy lejos de mí y no puedo hacer nada. Le prometí que estaría ahí, que jamás me rendiría pese al dolor de ver cómo poco a poco se va soltando de mi mano... pero no soy tan fuerte como creía.

—Eivy, ya queda poco. Estamos a algunas millas del lugar que nos indicaron. Quizá... quizá haya una cura.

La miro con furia.

—¡Se aferran a una estúpida esperanza! La gente necesita hacerlo. Quieren creer que alguien, en algún lugar, ha encontrado una cura para esta maldición, pero no es así. No la hay. Ya no puedo ver cómo se consume, como deja de ser él poco a poco... Y además, comienza a ser peligroso viajar con él, podría contagiarnos... dios, el virus va por el aire. ¿Quieres convertirte en una de esas cosas?

Marl gira la cabeza como si le hubiera dado un bofetón. Vuelve a mirarle, con pena y rabia pero sabe que tengo razón. Ya no podemos llevarle.

—Entonces larguémonos antes de que despierte, porque sino tendrás que dar explicaciones que no vas a soportar.

Asiento lentamente, mientras las lágrimas brotan en cascada de mis ojos al recordar. Mi mente traicionera proyecta imágenes del pasado, cuando Dred estaba sano y aún no habíamos comenzado la huida de la ciudad en busca de los asentamientos donde aún quedaba gente sana y con una posible cura. Aún seguíamos bien, teníamos energía y nos teníamos el uno al otro. Habíamos recorrido en bici toda la costa, tomado helados en el puerto y contemplado las estrellas en aquel claro del bosque que solo nosotros conocíamos. Pero todo se volvió del revés y, aunque no fue uno de los primeros en caer, supe que era el fin en cuanto su color de piel empezó a cambiar y las ampollas habían cubierto cada rincón. Al principio seguí cerca, negándome a dejar de abrazarle, de besarle o de sentirle pese a todo aquello. Pero fue apagándose y rindiéndose con el paso de las semanas. Jamás desistí, no me rendí ni un segundo, arriesgándome a contraer la enfermedad por estar tan cerca. Pero cada noche me torturaba la imagen de un Dred totalmente bien, un Dred que me abrazaba bajo el frío y me apoyaba cuando algo iba mal. Un Dred que jamás iba a volver por más que me empeñara en alargar lo inevitable. ¿Y la cura? Cruel fantasía. No existe, ni existirá, pues poco a poco nos consumimos y bajamos a un sitio del que jamás podremos salir. No... puedo... seguir... torturándome...

—¿A dónde vas?

Me giro y le veo despierto. Y sé que aunque Marl está a mi lado, me lo pregunta solo a mí. ¿Debo sentirme mal por abandonarle? ¿Debo sentirme mal por decirle adiós? ¿Por no ser capaz de atesorar con él sus últimos momentos?
Yo no soy tan fuerte. No soy tan fuerte.

—Lo siento—sentencio—no puedo seguir. Tengo que marcharme.

—¿Sin mí?

—Sin ti.

—¿Cómo...? ¿De verdad vas a ser capaz de decirme adiós?

—Tú ya me has dicho adiós hace mucho tiempo.

Se incorpora lentamente y se queda sentado, mirándome como si no pudiera creerlo. Se lleva una mano al pecho y lucho por no apartar la mirada al menos esta última vez.

—Te has rendido—sigo—y yo también. No puedo seguir dándome contra un muro sabiendo que no volverás, que nunca serás tú mismo. Que nunca te pondrás bien. Día tras día intento no consumirme, intento acallar los recuerdos de un tiempo mucho más feliz... Y tú te irás y serás afortunado, pero yo no quiero que tu imagen demacrada y marchita me persiga durante el resto de mi vida. Quiero irme ahora que estoy a tiempo.

—Está bien. No puedo pretender que te quedes. No puedo exigirte nada, cuando yo mismo me he rendido. No hay cura, nunca me repondré. No puedo reprocharte nada.

Marl llora a mi lado y hace ademán de marcharse ya. Debemos seguir nuestro camino cuanto antes.

—Ya apenas puedo moverme, así que no iré muy lejos. Si encuentras algo que me salve... ven a buscarme.

Ni siquiera le asentí, no era capaz de decirle que sí, pues eso implicaría una promesa. Y yo ya no podía prometer nada. Me di la vuelta, y muerta de tristeza, me alejé con pesar.





Seis meses después de encontrar el campamento de gente que aún resistía a la enfermedad, la Doctora Marlowe dio con una cura efectiva. Apenas tardé unas horas en ponerme en marcha y salir a buscarte. Llevaba conmigo la dosis exacta y una mochila llena de todo lo necesario para llevarte conmigo. No creí que fuera posible, no daba nada por esto, pero llevaba entre mis manos un milagro. Me aferré a una mínima esperanza de recuperarte. Era lo único que me hacía seguir paso a paso.
Cuando llegué al lugar donde te había dejado, ya no había ni rastro de ti. Contemplé el pronunciado hueco en la hierba, donde habías estado antes, y me acerqué lentamente. Sobre él una nota, una nota con tu letra temblorosa... dirigida hacia mí.
La leí con lágrimas en los ojos, guardando la cura que aferraba en mi mano y que ya no serviría. Te habías ido, hace mucho ya. No había llegado a tiempo. Y tampoco habría querido verte sucumbir.
Pero guardé la nota y aún la guardo.
Allá donde estés... yo también te quise mucho.

viernes, 12 de enero de 2018

Hoy hace más frío que nunca

Hoy hace más frío que nunca.
Me arrebujo en mi abrigo mientras camino en dirección a ninguna parte, dejando que mis pies me lleven donde me quieran llevar. Al principio noto una gota sobre mi piel, luego dos y después veo como la gente comienza a sacar sus paraguas. No llevo el mío y, aunque tengo capucha, no me la pongo. Dejo que el agua salpique mi ropa y cale mis huesos, que siguen sintiendo más frío que nunca.
Una anciana regaña a su perro, que no quiere caminar, asustado por los charcos que se forman en la acera. Dos amigas ríen, corriendo como locas sin más cobertura que papeles de periódico. Una pareja pasea tranquilamente bajo el mismo paraguas, mientras se miran como si nada más hubiera fuera de esa burbuja.
Sigo caminando hasta un parque cuyos enormes árboles impiden que el agua llegue hasta mí y siga empapándome. Sé dónde estoy, sé a dónde voy a llegar. Sé hasta dónde me han traído mis pies traicioneros sin darme apenas cuenta. Giro un par de veces a la derecha, por un camino de setos y flores violetas y lo veo. Es el banco donde nos sentamos aquella vez, aún con cierta vergüenza pero llenos de deseo. Y contemplo nuestras iniciales, borrosas por el paso del tiempo y me pregunto hace cuántos años que pasó de todo eso. Se me empaña la vista y no es por la lluvia. Toco las letras en relieve y siento una pequeña descarga. Un pinchazo que pasa de mi mano al corazón.
Entonces me pregunto qué estará haciendo ahora. Si lo habrá conseguido y si siguió por ahí. Si fue o dejó de ser. Pero salgo de allí pronto, intentando volver a llevar mis pensamientos a la lluvia y al presente. Al momento.

Volvió a pasar tiempo. Tiempo desde que mis pies me traicionaran.
Cuando me pregunté si estaría en un sitio calentito, el día que hizo más frío que nunca.

martes, 2 de enero de 2018

El camino

ANTES

—Está muerto—decido.
—¿Segura?
—Se supone que cuando a alguien no le late el corazón ni respira... es que está muerto. Pero quizá me equivoque—respondo con sorna.
Sarder no dice nada. Gruñe algo para sí mismo que no logro comprender y se da la vuelta para comenzar a caminar colina abajo, sin tan siquiera decidir si vamos a dejar ahí el cuerpo. Yo no voy a decidirlo sola, si no quiere a ayudarme no voy a mancharme las manos con la sangre de un desconocido que no me importa lo más mínimo. Elijo seguirle, a dos pasos por detrás de él.
—No podemos continuar vagando por estos caminos, como ves... es peligroso—dice cuando nota que ya estoy a la altura suficiente como para escucharle.
—¿Y qué propones?
—Deberíamos acortar por Misadhael.
—¿Estás loco? ¿La región de los enanos? Una vez pongamos el pie dentro tendré lo menos doce manos sobándome las tetas. Son lascivos y no respetan. No pienso meterme ahí, porque entonces sí tendríamos una carnicería.
—No voy a dejar que te toquen.
—No necesito que dejes que me toquen, yo seré quién no les deje.
Sarder ríe por lo bajo y se para. Casi choco contra él. Se da la vuelta poco a poco y me lanza una mirada que no sé interpretar. Sus profundos ojos grises escudriñan mi rostro buscando algo que no encuentran, pues enseguida aparta la mirada.
—Es bien sabido que no nos conviene meternos en líos, pero no tenemos otra opción. Estos caminos han dejado de ser seguros... acortar por la región de los enanos nos permitirá mezclarnos un poco. Casi nadie vaga por esas tierras, los enanos no tienen riquezas y son sucios. Nos vendrá bien seguir por ahí.
—Como quieras, pero al primero que me toque se quedará sin mano.
Sarder pone los ojos en blanco, pero antes de que vuelva a darse la vuelta, veo que está sonriendo.


***

AHORA

Me sobresalto al escuchar al gallo. El amanecer me apremia para que emprenda de nuevo la marcha, antes de que cualquier otro caminante se ponga en pie. Hace años los senderos no eran seguros, pero mucho menos lo son ahora. Salgo aprisa del establo en el que había pasado la noche. Los dueños de la granja a la que pertenecía no estaban en casa... o estaban muertos. No quería arriesgarme a pasar la noche en aquella casa, así que me instalé en el establo y me escondí entre las pocas pajas que quedaban y que supuse que alguna vez habrían pertenecido a algún caballo.
Cargo mi mochila al hombro y noto como cada día que pasa va pesando menos. Cada vez tengo menos víveres, menos ropa y menos dinero. Y también menos ganas... Por las noches me acuesto pensando si será la última y si me levantaré al día siguiente. Estoy sola y he perdido las ganas, y de esto último hace años que tengo la certeza.
Todas las personas a las que alguna vez consideré mis amigos... mi familia... han muerto o me han abandonado. A decir verdad todos murieron y la única persona que me abandonó, fue Sarder.
En realidad le abandoné yo a él.
Hace diez años habíamos llegado a Misadhael, la región de los enanos. Por aquel entonces solo era una chiquilla de quince años y él ya me pasaba la edad por seis años más. No estaba interesada en él como un compañero sentimental, ni siquiera quería acostarme con él. Pero sí era para mí un compañero de aventuras... un camarada. Y en mi interior era mucho más importante que cualquier otra relación que pudiera tener con él.
Los primeros días descansamos en una taberna cuya dueña era una enana gorda y gruñona a la que solo le interesaba comer cerdo y cobrar. Pudimos permitirnos una habitación para ambos en la que trazábamos las mil maneras de intentar atravesar la región sin acabar siendo dos cadáveres sobre la grava y la arena. Pero conforme pasaban los días y las semanas, Sarder perdía las ganas de salir de allí. La tabernera parecía haberse interesado por él y le colmaba de atenciones. Un día cerdo asado, al otro cerdo guisado... todo gratis y sin tener que compensarla con nada más que su compañía. Un chiste por su parte y la tabernera nos alojaba gratis dos días más. Un guiño y toda la semana. Sin embargo yo tenía que mantenerme algo apartaba, pues ella no gozaba demasiado con mi presencia. Además varios enanos que llegaban allí a emborracharse y llenar la barriga, habían congeniado con Sarder, y le invitaban a cacerías, fiestas e incluso a los talleres donde fabricaban sus armas. Los enanos siempre habían sido famosos por ser los mejores forjadores de hierro del reino.
Cada día que pasaba le costaba más abandonar el lugar, y nuestros planes de fuga cada vez interesaban menos.
Pero yo no podía aguantar. No me interesaba ni la tabernera ni los demás enanos borrachos y viciosos. No me interesaba aquel lugar que olía a podredumbre, sudor y orín. Lo único que quería era continuar el camino hacia un lugar seguro sin perder la cabeza mientras intentaba lograrlo. Las primeras veces intenté disuadir a Sarder, pero se hacía complicado hablar con él. Cuando no estaba borracho estaba hasta reventar de cerdo y patatas, cansado, satisfecho y sin ganas de hacer otra cosa que no fuera dormir. Mi paciencia estaba ya en su límite, y aunque me dolía pensarlo, sabía que debía abandonarle allí mismo.
Ya no tenía interés por mí.
Ya no sabía que existía.
Y yo lo único que tenía que hacer era reponerme... y seguir el camino.

Logré salir de allí sin que a nadie, ni al propio Sarder, le importara demasiado. Continué el camino hasta hoy, durmiendo en chozas abandonadas o establos. Logré sobrevivir alimentándome de sobras y esperanzas. Y entonces me llegó la noticia... Sarder había muerto.
Al fin y al cabo, todos los que alguna vez había considerado amigos... están muertos después de todo. Todos.















domingo, 18 de septiembre de 2016

Lluvia

Las calles mojadas de la ciudad me devolvieron el recuerdo de la última tarde que nos vimos. Llovía, igual que hoy, y hacía un frío que calaba los huesos. Nuestro humor era tan gris como el color de las nubes y lo que crecía en nuestro interior quería estallar igual que la tormenta. 
Mi corazón, cansado, anticipaba el momento de soltarse por fin del tuyo y tú no imaginabas lo que estaba apunto de decir. ¿De verdad no podías saber qué estaba apunto de pasar? ¿De verdad nunca te diste cuenta del dolor que me provocabas? Ni yo misma me creo todo lo que había aguantado.

No puedo verte ahora.
No puedo verte ahora.

La música sonaba en el reproductor, triste como el cielo encapotado. Estaba más que decidida. Pese a amarte con cada fibra de mi ser, una parte de mí estaba tan cansada como el pájaro que precario se sostenía de las ramas mojadas de los árboles. Incapaz de volver a volar bajo tus alas.

No puedo verte ahora.

Nunca te diste cuenta de mis llantos, de mis lágrimas camufladas bajo las gotas de lluvia. Y aunque yo no dejaba de gritártelo, mi voz era acallada por el sonido de los truenos. Nunca creíste que eran ciertas todas esas señales, que de verdad me ahogaba bajo la tormenta, y dejaste que las nubes grises me cubrieran. Y ahora, ¿quién será tu abrigo en el invierno? ¿Quién podrá escucharte bajo la tormenta? ¿Quién, de verdad, será quién te llene de besos bajo las hojas de otoño? Las respuestas tendrás que buscarlas tú, pues mi corazón se ha parado y ya no le interesa. 

No puedo verte ahora.

Te esperé durante varios minutos, a sabiendas de que llegarías tarde a la cita. Siempre llegabas tarde a lo que te dictaba mi corazón y fue lo que empezó a apagarlo. A cansarlo. A dejarlo morir por ti. Todo lo que siempre quise darte quedó en un lado de la zanja que le habías construido, y mis flechas de cariño ya no te alcanzaban. Ahora solo eran dardos que, débiles, ya no llegaban a la diana. Si tan solo te hubieras esforzado por tocar con tus dedos los míos. Solo un poco, un poco más.

No puedo verte ahora.
No puedo verte ahora.

Me pesa el corazón, igual que lo hacen los párpados. Solo quiero dormir tras secarme de la lluvia y despertar al amparo de un aire nuevo. Necesito descansar, volver a volar cuando se sequen mis alas. Pero no siento decirte adiós, igual que tú no sentirás mi ausencia. Vuela cuando descampe.

Cuando te dije adiós, la lluvia tapó tus lágrimas y fue cuando lo entendiste. Siempre llegaste tarde y mi corazón no respondió a tu última llamada. Cuando te dije que te quise, se paró por completo.

No puedo verte más.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Encuentro (1)

Terracota: ¿Cuál es tu color favorito?
HadaGris: Hola, ¿qué tal?, ¿verdad que hace un bonito día?
Terracota: Hola, bien, sí. ¿Cuál es tu color favorito?
HadaGris: ¿A qué viene esta pregunta? ¿No soléis saludar por tu ciudad o qué...?
Terracota: Me gustaría saberlo. Es algo que me interesa, y suelo preocuparme más por lo que me interesa que por las cosas nimias.
HadaGris: El verde. ¿Y el tuyo?
Terracota: ¿Realmente te interesa saberlo o es una pregunta de rigor?
HadaGris: Me interesa.
Terracota: El amarillo.
HadaGris: No hay muchas personas a la que les guste ese color.
Terracota: Ya conoces a otra más. ¿En tu ciudad hay muchas cosas de color amarillo?
HadaGris: No. El color de mi ciudad es el gris.
Terracota: Vaya.
HadaGris: ¿Noto cierta decepción?
Terracota: Es evidente. El día del Encuentro será en tu ciudad, y me hubiera gustado ver algo de color amarillo. Me da seguridad.
HadaGris: ¿Temes el día del Encuentro?
Terracota: Quizá. ¿Y tú?
HadaGris: Teniendo en cuenta que será el único día que nos veamos en la vida... sí.
Terracota: ¿Y se te ha ocurrido cómo aprovechar ese día?
HadaGris: Nada especial. Lo único que me pregunto es porqué nos hacen esto.
Terracota: ¿Te refieres a por qué dejan que nos conozcamos, nos enamoremos y solo nos dejan vernos una sola vez? ¿A por qué solo vamos a poder hablar por chat toda nuestra vida?
HadaGris: Exacto.
Terracota: Bueno, ya lo explican en las lecciones de historia. Verse es lo que impide que la gente sea productiva. Los estudios certificaron que los lazos entre dos personas se equilibran si se mantienen a distancia y que los engranajes de nuestra sociedad actual funcionan mejor sin las relaciones de parejas en el plano físico.
HadaGris: Creo que es al revés. Una persona enamorada sufre si está lejos de quién ama, ¿no provocaría eso ser menos productivo?
Terracota: Lo dicho, al final te acostumbras y todo se equilibra.
HadaGris: No estoy de acuerdo. Nunca me acostumbraría a no tener cerca a quién quiero, ni yo ni nadie. Eso solo provoca tristezas, frustraciones y un desbarajuste suficiente como para desequilibrar todo y no al revés. ¿Qué me dices del deseo?
Terracota: ¿El deseo?
HadaGris: Sí. Las ganas de mantener contacto físico con tu pareja. Es obvio que necesitas de ese contacto, necesitas besar, abrazar... sentir. ¿Cómo pretenden que la sociedad vaya a derechas si la gente se frustra por no poder tocarse?
Terracota: La sociedad no va a derechas, pretenden que así sea. Al final no nos queda otra que acostumbrarnos. ¿Habrá frustraciones? Sí. ¿Habrá sufrimiento? Puede. Si la sociedad solo nos deja un día para estar juntos físicamente desde hace tantos años... será por una razón. Una razón con mucho peso.
HadaGris: ¿Qué razón?
Terracota: Pues que es mucho peor hacerlo de otro modo.




* * *

Terracota: ¿Estás despierta?
HadaGris: No.
Terracota:...
HadaGris: ¿Qué quieres?
Terracota: Estos últimos días has estado muy distante. ¿He hecho algo que te haya incomodado?
HadaGris: No. Pero no quiero encariñarme contigo.
Terracota: Se supone que la finalidad es esa: que te encariñes conmigo. Vamos, que nos enamoremos. Ya sabes en qué consisten las Pruebas de Selección, el Proceso y el Emparejamiento. Eso lo has estudiado, ¿no? Pues bien, cíñete al plan. Ahora estamos en la fase "el Cortejo" y sabes que...
HadaGris:... tenemos que conocernos y enamorarnos.
Terracota: Exacto. Bueno, al menos intentarlo.
HadaGris: ¿Y si no nos enamoramos?
Terracota: Quedaríamos Inservibles. Tú y yo. Así que nos desecharían. Desconectarían nuestros terminales y nos llevarían a... donde quiera que se lleven a la gente que no les sirve.
HadaGris: ¿los matan?
Terracota: No lo sé. Y la verdad, dejaría de hablar de estas cosas aquí. La Sociedad suele rastrear algunas conversaciones para detectar posibles rebeldes. Si ven algo raro en nosotros... despídete.
HadaGris: Odio esto. ¡Y me da igual si me están leyendo! ¿Qué clase de gente vive su vida a través de una pantalla? ¡Nunca he tocado a una amiga! ¡Jamás he escuchado la voz de mi mejor amigo! Soy una maldita máquina en realidad...
Terracota: ¿En tu ciudad no hay Dispares?
HadaGris: ¿Qué es eso?
Terracota: Cada ciudad tiene una característica (bastante pequeña) que permite más llevadero nuestro sistema de supervivencia. Por ejemplo en mi ciudad existen los días Dispares, el último día de los meses que terminan en número impar se nos permite salir de nuestros terminales y pasarlo con nuestros allegados. Así que todos los días 31 podemos interactuar entre nosotros salvo que seamos pareja.
HadaGris: Comprendo. Entonces supongo que en mi ciudad son los días del Objetivo.
Terracota: ¿En qué consisten?
HadaGris: Podemos conectar las cámaras de nuestros terminales y ver a alguien de nuestros contactos al azar.
Terracota: Deduzco por lo que has dicho antes, que nunca te ha tocado con algún amigo.
HadaGris: Deduces bien.
Terracota: No te preocupes, ese día llegará.
HadaGris: Hay otro día peor que temo que llegue.
Terracota: Tenemos tantos días extraños que realmente no me sorprendería ninguno.
HadaGris: También te incluye a ti...
Terracota: Creo que sé por dónde vas.
HadaGris: Esperarán que tengamos hijos.
Terracota: Ya sabes cómo va eso. Las únicas veces que te dejarán salir del terminal para ir al médico será cuando te... y será tan simple como eso. Quedarás embarazada.
HadaGris: Ojalá pudieras oírme gritar de indignación.
Terracota: Sé lo que detestas todo esto... pero recuerda lo que te dije de tener cuidado. Ahora discúlpame, es la hora de mi digitolección... Hoy me toca matemáticas y no sabes cómo las detesto.
HadaGris: Estudias en horarios muy raros...
Terracota: ... así me queda el resto del día para ti.
HadaGris: ¿Eso debería conmoverme?
Terracota: Ojalá sí que lo haga pronto.


* * *

HadaGris: Buenos días.
Terracota: Buenos días.
HadaGris: Ha llegado el momento, mañana... nos veremos.
Terracota: Mañana será el día. ¿Nerviosa?
HadaGris: Mucho. Estamos a un día de decidir si nos quedamos el uno con el otro para siempre y firmamos el Convenio de Emparejamiento...
Terracota: ¿Y acaso hay alguien que no lo haga? Lo firman incluso las parejas que no se gustan, porque de no hacerlo los marcan como Inservibles y... bueno, quién sabe qué pase con ellos. Así que solo nos queda intentar disfrutar del día.
HadaGris: ¿Y cómo será? Se supone que no podemos ver al resto de parejas vagar por la ciudad.
Terracota: Nunca me lo he preguntado. Quizá nos encierren en una sala.
HadaGris: Qué desalentador. Me gustaría ver un poco más la luz del sol.
Terracota: Y por eso los médicos no dan abasto... Hay mucha gente con problemas de columna, de vista o de colesterol por pasarse toda la vida frente al terminal. Eso desgasta. Y tú solo te preocupas por el sol... es... mono.
HadaGris: ¿mono?
Terracota: Que sepas que ahora mismo me estoy riendo.
HadaGris:...
Terracota: Por cierto, ¿hay algo más que quieras saber de mí antes de mañana?
HadaGris: Te gustaba el color amarillo, ¿verdad?
Terracota: Eso es.
HadaGris: Está bien, llevaré una camiseta de ese color.
Terracota: Vaya, es la primera vez que te noto colaborar con el sistema.
HadaGris: Lo hago por ti. Pese a esta mierda lo has intentado conmigo, y no es fácil.
Terracota: Te lo agradezco.
HadaGris: Y también algo importante... ¿te gusta la pizza?
Terracota: Sí.
HadaGris: ¿Con piña?
Terracota: ¿Qué loco le pone piña a la pizza por más amarilla que sea?
HadaGris: Ahora mismo yo también me estoy riendo.











sábado, 20 de agosto de 2016

Fantasma

Quise decirte adiós, pero no sabía como. Mi mente proyectaba recuerdos que deseaba extinguir con todas mis fuerzas o nunca podría soltarme de tu mano. Y necesitaba hacerlo. Cuántas veces sola abrazada a la almohada he llorado tu falta. Cuántas veces he sentido que caminaba de la mano de mi fantasma...
Nunca te diste cuenta de que en realidad caminaba a tu lado y me dejaste atrás. No supiste que me levantaba con tus cartas en la mano esperando lo que no llegaría. Nunca que dije que añoraba tiempos en los que aquel roble era el único testigo de los besos que me dabas. Y no dudé de que me quisieras, pero no supiste retenerme.

Te di las horas que no le había dado a ningún reloj.
Te di las palabras que ningún oído había escuchado.
Te di lo que siempre había tenido guardado.

Te di tanto amor... que no supiste qué hacer con él.
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